miércoles, 26 de agosto de 2009

Avionetas en el Camino






















Como avioneta, cada año me propongo nuevos retos y para mí este verano ha sido recorrer un tramo del camino de Santiago por su vertiente norte. Era un reto porque, como todos sabéis, llevo un año prácticamente apartado de los entrenamientos por culpa de la lesión de talón y ahora que me veía recuperado necesitaba probar que podía volver a confiar en mis pies. Es por esto que decidí recorrer 220 kilómetros (aproximadamente) a pie en ocho días, que es la distancia que hay entre una villa llamada “La Caridad” y Santiago de Compostela, un recorrido que transcurre por la costa asturiana y se adentra desde Ribadeo hacia el interior de Galicia.
Ni qué decir tiene que los paisajes son espectaculares y la dureza del terreno se hace patente cada día por sus innumerables subidas y bajadas y algunos tramos transcurren por asfalto dañando muy mucho la planta de los pies, pero no es esto lo que me quedo de esta aventura, lo que realmente añoro, ahora que todo acabó, es la convivencia con una serie de compañeros de viaje, que más que compañeros han sido amigos, apoyándome en todo momento y compartiendo unos días inolvidables. A todos ellos darles las gracias por todo y desearles “buen camino”.
Y a todos vosotros, que sé que también habéis estado pendientes de mí durante todo este último año esperando mi regreso, os agradezco vuestro apoyo… y que sepáis que he vuelto y con muchísimas ganas!!!
Finalmente, animaros a que probéis algún año a recorrer un tramo del Camino porque la experiencia es fantástica, no os arrepentiréis!
Nos vemos en la nocturna de Córdoba.





2 comentarios:

Pedro dijo...

Yo hice el Camino en Julio de 2.006, pero la ruta del camino francés. Yo también recomiendo este viaje, es el que más me ha gustado de los que he hecho nunca. Y es cierto, lo mejor es la gente que conoces. Con algunos sigo manteniendo amistad. Así que... ánimo y buen camino.

Marc dijo...

El Camino te pone a prueba cada dia, te rodea de buena gente, te deja solo y te deja disfrutar de esa soledad, te permite ver el mundo a otra velocidad, con detalle y mimo, y te regala sonrisas cuando lo recuerdas. No se le puede pedir más... Una experiéncia que hay que vivir por lo menos una vez en la vida (aunque siempre terminas por repetir).